*En la antigua estación ferroviaria de Apizaco, convertida en un centro comercial, aún se evocan aquellos viajes con los abuelos; un umbral detenido en el tiempo, donde las locomotoras de vapor aún humean en la imaginación
Nayeli Vélez
Apizaco, Tlax.- Desde pequeños, muchos creen que las estaciones de tren eran portales hacia otra época.
Entre la penumbra y la neblina de la madrugada, emergía una luz poderosa, seguida por el silbido estridente que anunciaba la llegada del furgón de acero. Aquel tren cruzaba las vías como si avanzara hacia el infinito, envuelto en una escena que bien podía haber sido filmada en blanco y negro.
Esa imagen permanece intacta en la memoria y lleva de vuelta a aquellos viajes que se hacían junto al abuelo desde la estación Buenavista, en la Ciudad de México, hasta Apizaco, la ciudad de los rieles, entonces aún lejana del bullicio urbano que hoy la caracteriza.
“Ahí, ahí donde silba el tren”, decía el eslogan de Buenavista, como un himno de bienvenida al viaje.
La travesía comenzaba con los primeros destellos del amanecer. Con los ojos aún entrecerrados, esperábamos en el andén el arribo de aquellas imponentes máquinas que llevarían a nuestro destino. El tren se abría paso entre estaciones solitarias, ocultas entre el campo abierto y las vías interminables.
Ya dentro del vagón, si teníamos la suerte de encontrar un asiento libre, el viaje se transformaba en una secuencia de postales vivas: paisajes rurales de un verde profundo, caóticos retazos de ciudades dormidas, y un estruendo constante que recordaba que el progreso tenía su propio ritmo, tan firme como el golpeteo del tren sobre los durmientes.
Aquellos fueron los últimos recorridos de pasajeros que vivió el sistema ferroviario mexicano. Viajes que la memoria evoca con nostalgia y una suerte de reverencia. Eran travesías de silencios y confidencias entre desconocidos, de anécdotas que nacían y morían entre vagones, de sabores como las enchiladas de la estación de Apan, sencillas pero inolvidables, que aliviaban el hambre y abrigaban el alma.
El recuerdo está presente en la memoria, al pasar frente a la que fue la antigua estación de ferrocarriles de Apizaco, que ahora, remodelada y moderna, es una pequeña plaza comercial qué reúne a familias un fin de semana para ir al cine, comer algún snack o mirar aparadores.
La antigua estación del ferrocarril fue en su momento, un conjunto ferroviario formado por la estación, servicios especiales, oficina de trenes, bodega y casa redonda.
Fue construida en los años veinte, y en aquella época, constaba de fachada y una estructura circular con vías de escape; tanques de almacenamiento, talleres y patio de maniobras. La Crujía estaba dividida en 3 secciones, de las cuales las dos extremas son originales y la central es posterior.
El nuevo destino de este edificio, es muy diferente a su origen, sin embargo, detrás de la fachada de tiendas y salas de cine, aún conserva esa esencia ferroviaria con la que nació, ya que actualmente continua como el paso obligado de trenes y máquinas de transporte, aquellas que hace más de 100 años vieron sus primeros viajes hacia Puebla y Veracruz, destinos que ciertamente siguen vigentes en estas históricas redes ferroviarias.
Ese recinto, más que un simple centro comercial, es un umbral detenido en el tiempo, donde las locomotoras de vapor aún humean en la imaginación, donde el acero conserva el eco de las revoluciones y de la modernidad que alguna vez se soñó desde los rieles.
Observar esas máquinas en reposo detrás de la fachada comercial, es recorrer también una parte íntima de mi propia historia. Porque el tren fue escuela, refugio, alimento, conversación y asombro. Y aunque hoy los viajes sean otros y las vías parezcan calladas, en lugares como esta antigua estación, la memoria sigue encendida, como el silbato de una locomotora que, en el fondo, nunca dejó de sonar.



